domingo, 28 de agosto de 2011

Libro: El Señor de Lordemanos


El Señor de Lordemanos
Miguel Badal Salvador
De Librum Tremens - 2011

Interesante y curioso libro, con vikingos como personajes secundarios, en un lugar y una época que no es nada común entre las novelas históricas ambientadas en la Edad Media española.

Por un lado, el abad de San Salvador nos cuenta su historia en primera persona. Acostumbrado a un mundo de libros y oraciones, se ve en la desagradable tarea de llevar a cabo una petición del “rey zagal”, Vermudo, el joven hijo del difunto rey de León, acosado por enemigos de fuera y de dentro (tan cristianos como él).

Los episodios escritos por el abad están intercalados por otros en tercera persona sobre el obispo de Santiago, Cresconio, excomulgado, a pesar de su profunda fe, por defender la autenticidad de los huesos del santo compostelano, y con la amenaza añadida de una numerosa hueste de vikingos que se acercan a su ciudad. Uno de sus afanes es poder completar un códice familiar que comenzase un tío suyo.

Y no revelaremos aquí cómo se relacionan ambos personajes.

La Galicia de aquellos tiempos pasa por una época difícil, con enemigos a diestro y siniestro aprovechando la más mínima oportunidad, como Sancio Garcés, rey de Navarra, un personaje desenfocado al fondo de la primera parte de la narración, pero uno de los motores de esta historia por su afán de conquistar las tierras del reino galaico-leonés, para lo cual manda a modo de avanzadilla a unos temibles mercenarios vascones que habrán de “allanar” el terreno. Y lo hacen literalmente, asaltando e incendiando todo cuanto encuentran a su paso.

¿Quién podrá detenerlos?

Pues nada más y nada menos que los lordemanos, como se les llamaba entonces a los vikingos (nunca se les menciona con este nombre) por aquellas tierras. Hay una partida de ellos, al mando del conde Torvaldo Brazo de Hierro, asentados en la villa de Lordemanos, dispuestos a pelear a favor de quien sepa apreciar sus destrezas bélicas y les pague bien. Es cierto que son paganos y que su forma de vida raya lo intolerable para un buen cristiano, pero no hay otra opción que pedirles ayuda.

Pero el jefe vikingo tiene otros problemas más cercanos. Ha llegado un viejo rival procedente de las lejanas tierras del norte dispuesto a arrebatarle aquello que él ha conseguido con tanto esfuerzo. Y ese alguien no es otro que Ulfo el Gallego (Ulf-Gallica, citado en alguna saga y que consiguió su apodo por las veces que viajó a las costas gallegas).

Dejemos aquí la historia, para que el lector pueda sorprenderse del desarrollo y del desenlace al leerla.

No estaría de más que quien vaya a emprender esta aventura literaria tuviese un buen diccionario a mano (o abierta la web de la RAE), porque va a tener la oportunidad de ampliar su vocabulario con un tipo de términos ya no muy comunes. Algunos de ellos el autor ha tenido la buena idea de incluirlos en un glosario al final del libro, donde podemos saber qué eran las letras longarias, las cortinas tramisirgas o los ojos concovados. Jugando con este glosario, podríamos tener a un almuiunce que sale de una cella calzando ballugas y cubierto con un feruci; monta sobre un alfarace y se dirige a su cortiña, donde alguien lo matan con una manubalista.

También hay expresiones que a mí se me antojan especialmente hermosas, como “salimos con los gallos”, “el sonido de los bronces”, “el crascitar de los cuervos”; y otras especialmente duras, pero que describen algo que debía ser muy habitual en aquellos tiempos: “un pestilente efluvio a sudor rancio y cuero curtido”, “en los laterales (del templo) se situaban  algunas de las concubinas y barraganas que convivían con los prestes”. O el curioso juramento de un conde en pie de guerra en el que, entre otras cosas, dice: no atacaré a mujeres que sean nobles, ni a viudas, ni a consagradas a Dios. Los nobles de entonces eran así de caballerosos… Especialmente brillante me parece ese párrafo en la última página, cuando Cresconio, vestido con sus mejores galas guerreras, piensa en que el demonio no está sólo personalizado en Ulf, ese enemigo que ha regresado a Galicia para arrasar su ciudad, sino también en otro con una figura menos obvia de ser detectada.

Tiempos apocalípticos, con hambrunas en los campos yermos por una continuada sequía (castigo de Dios, sin duda), la tierra regurgitando los huesos de viejos santos, y la guerra omnipresente, con unos vikingos a los que se identifica directamente con seres infernales. A los que hay que sumar a otros enemigos si cabe peores: los de la tierra de al lado. Curiosos conceptos de entender el cristianismo por parte de algunos condes o reyes, que en sus bellum inter chistianus no escatimaban ninguna crueldad a sus hermanos de religión y que no tenían inconveniente en asaltar un recinto religioso del otro bando, si eso favorecía sus intereses (¿quién dice que los vikingos eran los más violentos de su época?).

La leyenda de un San Jacobo (Santiago), al que los gallegos paganos identificaban con Taranis y los nórdicos con Thor. Personajes históricos, como Sisenando, Rudesindo o Vinstrario, obispos de armas tomar. Santos olvidados, como Odoario, Capitón o Pascentio, a los que antaño se les rezó con devoción. Nombres propios que alguna vez fueron comunes entre nuestros antepasados, como Ariatro, Velasco, Gesmiro, Gundemaro.

Un libro de recomendable lectura que nos abre las puertas a la historia de una Galicia oscura y poco conocida. Y, en lo que a este blog respecta, con un montón de vikingos entre sus páginas, aunque sean 
muy malos…

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